Opinión | 26/5/11
Por Romina Krawiecki
Se inicia el libro de la Torá que habla de los números y del censo. Un hecho único que no se volvió a repetir en la historia del pueblo judío.
Pareciera que cuando nos encontramos con algún libro característico de nuestro pueblo nos encontramos con letras, nombres ; pero muy pocas veces con números. Pero en nuestro pueblo hay un libro de la Tora dedicado a números, específicamente a un censo. Se realiza una descripción detallada de los integrantes del pueblo, de cada tribu, sus posesiones, bienes ; todo a través del uso de los números.
Luego en la historia, no se volvieron a realizar muchos más censos con estas características. Quizás porque en un comienzo nuestro pueblo necesitaba de un orden, clasificación y organización para dar lugar a la constitución del pueblo. Con el paso del tiempo pudimos desprendernos de todo lo vinculado a los censos y bienes, para dar lugar a la canonización de historias de las cuales podamos aprender valores y nos muestren un camino para poder vivir como judíos parte de un mismo pueblo. Pero en aquel momento era necesario una organización de aquella dimensión.
Es así como nuestras fuentes muestran el crecimiento cualitativo de nuestro pueblo. Con el paso del tiempo no nos atamos a nombres, propiedades o territorios. Somos un pueblo que trasciende lo material. Somos un pueblo puramente espiritual. Esta cualidad que nos conforma a nosotros hoy como partes de un mismo pueblo, sin un nombre o propiedades especiales. Somos un mismo pueblo porque nos conectamos con un pasado, actuamos en un presente y transmitimos hacia el futro. Y nos conectamos con los otros desde lo espiritual una oración, una canción, un idioma. Eso es lo que hoy nos mantiene como partes de una misma unidad.
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