Opinión | 07/07/2011
Una reflexión sobre la parasha de la semana a cargo de Romi Krawiecki, Rosh Jinují de Benei.
En diferentes momentos de nuestra historia pudimos dar cuenta de cómo la lucha constante y el ataque desde el exterior fueron instancias de cuestionamientos como así también de aprendizajes. Momentos en los que fuimos desbastados, maldecidos, apartados. Pero esos mismos momentos fueron los que luego han sido recordados y convertidos en instancias de reelaboración, recuerdo y transmisión.
Ya en la Tora aparecen historias en la que otros pueblos nos han atacado y maldecido. En cada uno de esos momentos Adon-i pudo plasmar su presencia. Un pueblo en el desierto que quiso maldecirlo al verlo fuerte y acompañado, pero la presencia divina pudo virar la historia hasta otro final que impidió que el pueblo recibiera una maldición. Podemos cuestionar y reflexionar a acerca de la presencia divina en momentos límite, pero sabemos que su omnipresencia es aquella que nosotros como personamos no podemos explicar pero cuya existencia es incuestionable. La forma en que cada uno responde a determinados cuestionamientos es una construcción personal, pero al valernos de historias y relatos bíblicos podemos encontrar una ayuda para poder comprender de una manera diferente.
El hombre en su condición de tal suele preguntarse, cuestionarse, reflexionar y debatir sobre aquello que no puede definir de manera inmediata. La ayuda está en el pasado, en la historia pero también en los proyectos y en el futuro. La transmisión, la herencia y la enseñanza a través de las generaciones es aquello que nos permite ubicarnos de una manera diferente para pensar y repensar nuestra conexión con D-s y con el hombre. Shabat Shalom
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