Parashat Hashavua | Por Romina Krawiecki, Rosh Jinují
Si reflexionamos a cerca de la capacidad de escucha que tenemos cada uno de nosotros como personas podríamos pensar en dos aspectos. Por un lado la capacidad de escucha para con el otro, un amigo o un familiar, alguien que necesita compartir una sensación y acude a uno para poder tener una voz diferente o recibir alguna ayuda.
Por otro lado cada uno de nosotros tenemos una voz interna, aquella que sale de lo profundo de nuestro ser, que no suele aparecer pero que es necesario estar atento. Que ésta última aparezca es una señal de algún desequilibrio o de sensaciones positivas pero desconocidas.
Si bien caracterizamos a la voz del otro como proveniente del exterior del ser y la interior como aquella que le pertenece como propiedad de cada sujeto en particular ; puede suceder que en situaciones que se superan los límites sociales o de convivencia esa voz interior entre en contacto con la de otros. Sentimientos en común, sensaciones compartidas, vivencias repetidas ; pueden hacer que esa voz se unifique y se fortalezca.
Así fue el llamado de Bnei Israel en Egipto. Tras 400 años de esclavitud, de dolor, de intolerancia, D-s esucuchó la voz del Pueblo. El pueblo gritó, elevó su voz ; y ahí donde su voz interna se hizo también compartida y común con los otros fue el momento en el que Adon-i actuó. El pensar en conjunto, reclamar con otros, sentir junto a otros es la posibilidad de poder repensar y modificar la realidad propia pero también la realidad compartida.
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